La puerta se abrió. Rápidamente me postré de rodillas con la cabeza gacha.
--Parate y date vuelta.
Era el hombre desnudo. Hacía tiempo que no venía a verme y en cierta forma me alegró escuchar su voz.
Me pare y me di vuelta. Me desato las muñecas y fue a la cama para sentarse.
--Arrodillate y acercate a mi.
Para hacer lo que me ordenó tuve que acercarme a gatas quedando entre sus piernas. A su lado una bolsita de papel que no pude adivinar su contenido.
Me agarró de pelo y suavemente me guió hasta que mi mejilla quedó descansando en su sexo. Estaba incómoda así de rodillas con las manos en el suelo así que lentamente, con miedo, las fui subiendo para apoyarlas en sus piernas.
El no pareció darse cuenta. Me rascaba lentamente, como distraído, la cabeza, la nuca y detrás de la orejas. Sentía junto al placer del masaje el fuerte olor de su miembro y tuve ganas de besarlo aunque por miedo preferí esperar.
Así nos quedamos un rato largo, el me acariciaba y yo calentaba mi mejilla en su entrepierna.
Pasado un tiempo saco un pedazo de chocolate y me lo ofreció.
--¿Querés?
--Sí –le contesté con alegría. Me encantaban las golosinas y desde que aparecí en ese cuarto no había probado ninguna.
Estiré la mano.
--No. Así no. Con la boca.
Intuí que quería jugar conmigo y acerqué mi boca al chocolate para tomarlo.
Retiró la mano.
--Te lo vas a ganar. Dame algún gusto y te lo doy.
Quedé confusa. ¿Que gusto podía darle?
Bajé la cabeza.
Él agarró su miembro con su mano y lo pasó sobre mis labios. Subí mis ojos con expresión interrogante. Me sonreía burlón.
Tomé su sexo y me apliqué a proporcionarle tanto placer como pudiera.
Me dejó hacer unos minutos, luego se rió y sacó su falo de mi boca con un movimiento rápido de cadera.
--Para vos –me dijo ofreciéndome el chocolate –Muy bien.
Mientras devoraba la pequeña porción me acarició los pechos. Mis pezones se hincharon produciéndome un placentero cosquilleo en lo más profundo de mi útero. Estaba excitada y volví a dedicarme a su pene. Esta vez con más dedicación y energía.
No recibí premio. Sólo se acostó en la cama y me ordenó subirme a su lado y ponerme, de espaldas a el, en cuatro patas.
De la bolsa sacó un pañuelo y fuertemente me vendó los ojos.
Sentí miedo, no veía nada, no sabía ni lo que hacía ni lo que me podría hacer. Sabía –eso sí- que era capaz de cualquier cosa. Sin embargo mi excitación, en lugar de aflojar, crecía.
--Abri bien las piernas.
Las abrí un poco.
--Bien abiertas –ordenó –y senti un fuerte chirlo en mi cola.
Las abrí un poco más y el segundo azote de su mano se sumó al primero dejándome la nalga caliente y dolorida.
Me abrí de piernas tanto como pude. La vergüenza me embargaba. Al abrirme tanto mi sexo quedaba obscenamente expuesto.
Sentí su mano acariciar suavemente mi monte de Venus e involuntariamente comencé a mover suavemente mi pelvis.
--Quieta.
Me quede inmóvil. El introdujo delicadamente un dedo en mi vagina y la acarició por dentro. Me costaba no moverme.
“No puedo ser tan puta” pensé, “me comporto como una perra en celo”.
Cuando sacó su dedo de mi vagina pensé que tendría un respiro pero no, suavemente comenzó a masajearme el clítoris. Sin querer me moví.
--Quieta –me volvió a ordenar –y un sonoro cachetazo se sumó a los dos primeros, justo en el mismo lugar.
--Por favor --supliqué.
--¿Qué?
--Dejame moverme un poco.
Se negó.
--Tenes que aprender a obedecer
--Por favor
--Silencio zorra
Me callé. El seguía acariciándome y cuando veía que ya no podía conservar el control paraba lo que me producía mucha rabia.
“No puede ser tan hijo de puta, es un sádico, le gusta verme sufrir”, pensaba mientras mi excitación crecía, “no le voy a dar el gusto de humillarme así”.
Pero se lo dí.
Al mismo hombre que pensaba que me había secuestrado, esclavizado y azotado. Que se había negado cruelmente a responder a mis preguntas sobre mi pasado y mi identidad. Que me hacía vejar –adiestrar me habían dicho ellas- por sus dos putas. Al hombre que me trataba como a un vulgar animal, una cosa sin alma ni sentimientos le di el gusto de verme como a una perra en celo, ofreciendo su cola, suplicando por un poco de placer.
Tiempo más tarde reflexioné que en ese momento hubiera querido sentir su deseo, poder aprisionar su sexo –y con él su alma- en mi vagina caliente y sentir como al derramarse en mi, agotado, me apropiaba de todo su poder.
Pero no fue así. El jugaba con mi sexo con deliberada crueldad. Me obligaba a exponer mis más profundas debilidades.
Con la poca lucidez que me quedaba me dí cuenta que bajaba el ritmo de sus caricias cuando sentía que yo perdía el control de mi cuerpo. Algunos minutos traté de no demostrar mi excitación pero no tuve éxito. El animal primitivo que habitaba en mí era más poderoso.
--Dejame acabar –le urgí.
--¿Cómo se pide?
--Por favor quiero acabar.
--No me interesa lo que querés. Tus orgasmos a partir de ahora son míos. A partir de ahora, para tener uno, me lo tendrás que pedir a mi.
--Por favor, señor, me deja acabar? –pedí humildemente renunciando a un último resto de dignidad.
--Acabá.
Moví mi pelvis frenéticamente contra su dedo hasta que llegó el tan ansiado alivio.
Me temblaban las piernas. Se me aflojó el cuerpo. Mi respiración era agitada y mi corazón retumbaba en mi pecho.
Sentí como desataba el pañuelo que me tapaba los ojos.
--Date vuelta.
Junté –con gran esfuerzo- mis piernas doloridas por lo forzado de mi postura, me arrodille frente a el y bajé mi cabeza hacia su miembro para proporcionarle placer tal cual me habían enseñado.
--No hace falta. Quiero que me limpies la mano –dijo poniéndola frente a mi cara.
Humillada –no tanto por la tarea que me encomendó sino por su rechazo- me dedique a limpiar su mano de mis agrios flujos, con mi lengua, hasta que quedó sólo húmeda de saliva limpia.
Cuando terminé sacó de su bolsa otra golosina que comí de la palma de su mano.
Antes de irse me volvió a atar dejándome frustrada, aliviada, enojada y agradecida.
Poco tiempo después trate de masturbarme contra el borde del colchón pero atada como estaba me caí al suelo y me lastimé la cabeza.

