sábado, 31 de mayo de 2008

El dueño de mis orgasmos (capítulo 6)

La puerta se abrió. Rápidamente me postré de rodillas con la cabeza gacha.

--Parate y date vuelta.

Era el hombre desnudo. Hacía tiempo que no venía a verme y en cierta forma me alegró escuchar su voz.

Me pare y me di vuelta. Me desato las muñecas y fue a la cama para sentarse.

--Arrodillate y acercate a mi.

Para hacer lo que me ordenó tuve que acercarme a gatas quedando entre sus piernas. A su lado una bolsita de papel que no pude adivinar su contenido.

Me agarró de pelo y suavemente me guió hasta que mi mejilla quedó descansando en su sexo. Estaba incómoda así de rodillas con las manos en el suelo así que lentamente, con miedo, las fui subiendo para apoyarlas en sus piernas.

El no pareció darse cuenta. Me rascaba lentamente, como distraído, la cabeza, la nuca y detrás de la orejas. Sentía junto al placer del masaje el fuerte olor de su miembro y tuve ganas de besarlo aunque por miedo preferí esperar.

Así nos quedamos un rato largo, el me acariciaba y yo calentaba mi mejilla en su entrepierna.

Pasado un tiempo saco un pedazo de chocolate y me lo ofreció.

--¿Querés?

--Sí –le contesté con alegría. Me encantaban las golosinas y desde que aparecí en ese cuarto no había probado ninguna.

Estiré la mano.

--No. Así no. Con la boca.

Intuí que quería jugar conmigo y acerqué mi boca al chocolate para tomarlo.

Retiró la mano.

--Te lo vas a ganar. Dame algún gusto y te lo doy.

Quedé confusa. ¿Que gusto podía darle?

Bajé la cabeza.

Él agarró su miembro con su mano y lo pasó sobre mis labios. Subí mis ojos con expresión interrogante. Me sonreía burlón.

Tomé su sexo y me apliqué a proporcionarle tanto placer como pudiera.

Me dejó hacer unos minutos, luego se rió y sacó su falo de mi boca con un movimiento rápido de cadera.

--Para vos –me dijo ofreciéndome el chocolate –Muy bien.

Mientras devoraba la pequeña porción me acarició los pechos. Mis pezones se hincharon produciéndome un placentero cosquilleo en lo más profundo de mi útero. Estaba excitada y volví a dedicarme a su pene. Esta vez con más dedicación y energía.

No recibí premio. Sólo se acostó en la cama y me ordenó subirme a su lado y ponerme, de espaldas a el, en cuatro patas.

De la bolsa sacó un pañuelo y fuertemente me vendó los ojos.

Sentí miedo, no veía nada, no sabía ni lo que hacía ni lo que me podría hacer. Sabía –eso sí- que era capaz de cualquier cosa. Sin embargo mi excitación, en lugar de aflojar, crecía.

--Abri bien las piernas.

Las abrí un poco.

--Bien abiertas –ordenó –y senti un fuerte chirlo en mi cola.

Las abrí un poco más y el segundo azote de su mano se sumó al primero dejándome la nalga caliente y dolorida.

Me abrí de piernas tanto como pude. La vergüenza me embargaba. Al abrirme tanto mi sexo quedaba obscenamente expuesto.

Sentí su mano acariciar suavemente mi monte de Venus e involuntariamente comencé a mover suavemente mi pelvis.

--Quieta.

Me quede inmóvil. El introdujo delicadamente un dedo en mi vagina y la acarició por dentro. Me costaba no moverme.

“No puedo ser tan puta” pensé, “me comporto como una perra en celo”.

Cuando sacó su dedo de mi vagina pensé que tendría un respiro pero no, suavemente comenzó a masajearme el clítoris. Sin querer me moví.

--Quieta –me volvió a ordenar –y un sonoro cachetazo se sumó a los dos primeros, justo en el mismo lugar.

--Por favor --supliqué.

--¿Qué?

--Dejame moverme un poco.

Se negó.

--Tenes que aprender a obedecer

--Por favor

--Silencio zorra

Me callé. El seguía acariciándome y cuando veía que ya no podía conservar el control paraba lo que me producía mucha rabia.

“No puede ser tan hijo de puta, es un sádico, le gusta verme sufrir”, pensaba mientras mi excitación crecía, “no le voy a dar el gusto de humillarme así”.

Pero se lo dí.

Al mismo hombre que pensaba que me había secuestrado, esclavizado y azotado. Que se había negado cruelmente a responder a mis preguntas sobre mi pasado y mi identidad. Que me hacía vejar –adiestrar me habían dicho ellas- por sus dos putas. Al hombre que me trataba como a un vulgar animal, una cosa sin alma ni sentimientos le di el gusto de verme como a una perra en celo, ofreciendo su cola, suplicando por un poco de placer.

Tiempo más tarde reflexioné que en ese momento hubiera querido sentir su deseo, poder aprisionar su sexo –y con él su alma- en mi vagina caliente y sentir como al derramarse en mi, agotado, me apropiaba de todo su poder.

Pero no fue así. El jugaba con mi sexo con deliberada crueldad. Me obligaba a exponer mis más profundas debilidades.

Con la poca lucidez que me quedaba me dí cuenta que bajaba el ritmo de sus caricias cuando sentía que yo perdía el control de mi cuerpo. Algunos minutos traté de no demostrar mi excitación pero no tuve éxito. El animal primitivo que habitaba en mí era más poderoso.

--Dejame acabar –le urgí.

--¿Cómo se pide?

--Por favor quiero acabar.

--No me interesa lo que querés. Tus orgasmos a partir de ahora son míos. A partir de ahora, para tener uno, me lo tendrás que pedir a mi.

--Por favor, señor, me deja acabar? –pedí humildemente renunciando a un último resto de dignidad.

--Acabá.

Moví mi pelvis frenéticamente contra su dedo hasta que llegó el tan ansiado alivio.

Me temblaban las piernas. Se me aflojó el cuerpo. Mi respiración era agitada y mi corazón retumbaba en mi pecho.

Sentí como desataba el pañuelo que me tapaba los ojos.

--Date vuelta.

Junté –con gran esfuerzo- mis piernas doloridas por lo forzado de mi postura, me arrodille frente a el y bajé mi cabeza hacia su miembro para proporcionarle placer tal cual me habían enseñado.

--No hace falta. Quiero que me limpies la mano –dijo poniéndola frente a mi cara.

Humillada –no tanto por la tarea que me encomendó sino por su rechazo- me dedique a limpiar su mano de mis agrios flujos, con mi lengua, hasta que quedó sólo húmeda de saliva limpia.

Cuando terminé sacó de su bolsa otra golosina que comí de la palma de su mano.

Antes de irse me volvió a atar dejándome frustrada, aliviada, enojada y agradecida.

Poco tiempo después trate de masturbarme contra el borde del colchón pero atada como estaba me caí al suelo y me lastimé la cabeza.

viernes, 30 de mayo de 2008

Ser cada vez un poquito mejor (capítulo 5)

Me despertó el ruido de la puerta al abrirse. Medio dormida todavía baje para arrodillarme como el hombre desnudo me lo había indicado.

Pero no. Ésta vez el no vino. En su lugar entró la morena que yo ya conocía y una muchacha de rasgados ojos orientales. Por supuesto las dos estaban desnudas.

La desconocida era de mi estatura, de grandes pechos y cintura fina. Sus caderas eran anchas, su cara aniñada. Un collar con un anillo de hierro al frente adornaba su cuello. En cada mano un balde.

Traté de levantarme.

--No podes levantarte sin permiso Semiramis –me indicó la morena mientras me mostraba la fusta-- en ausencia de nuestro amo tendrás que obedecerme igual que a él.

La oriental se acercó a mi y luego de dejar los baldes a mi lado me desató.

--Vas a lavar este chiquero de punta a punta –me dijo mi nueva ama—En un balde hay agua con jabón y un cepillo, en el otro un trapo y agua limpia. En una hora vengo a controlar.

Las mujeres se retiraron.

Tal cual me dijo en el balde, flotando en el agua, había un cepillo de paja.

La furia me embargó. “¿Que se piensan estas dos perras, que soy una maldita sirvienta?” pensé y a desgano comencé, de rodillas, a frotar el piso con el agua jabonosa.

No había llegado ni a la mitad cuando la puerta se abrió y entraron mis dos carceleras.

--Ya pasó la hora Semiramis, ¿terminaste?

--Es mucho, necesito más tiempo –argumenté de mal modo.

Rápidamente, a un gesto de la morena, la oriental se acercó a mi, me tiró sobre el piso enjabonado, boca abajo, y se sentó en mi espalda.

Yo traté de pelear. Chillé como una cerda y pataleé tratando de sacarme de encima su gordo trasero.

No pude.

Mientras tanto la morena se ubicó a mi costado y comenzó a azotar mis nalgas una a una por turno.

Mis pechos aplastados contra el piso de cemento me hacían daño pero el dolor de los azotes era insoportable. Por un tiempo seguí gritando, insultando y retorciéndome como una lombriz en un anzuelo.

Mi verdugo no sólo no aflojaba el ritmo de sus golpes sino que los aumentaba en intensidad.

Por unos minutos agotada quedé en silencio y luego –pensando que tal vez podría conmoverla-- me largue a llorar.

Los azotes continuaron

Ya vencida pedí perdón. Prometí que haría lo que quisieran.

Mi verdugo no se conmovió.

Me invadió el pánico. “Me van a terminar matando” pensé.

--Por favor, te lo suplico, dejame terminar el trabajo como me lo pediste. Por favor –rogue.

El castigo cesó. Sentí que la oriental se levantaba de mi espalda. Mis nalgas me ardían.

--Perra veni a mi de rodillas –me ordenó.

Llorando y chorreando mocos de mi nariz me acerqué.

--Lamé mis pies y pedi perdón.

--Perdón ama –dije mientras le lamía los pies del empeine como una perra.

--Ahora a mi compañera.

--A usted también le pido perdón.

--Bueno, así esta bien. Podes seguir con tu trabajo. En otra hora volvemos.

Apenas se fueron me puse a trabajar contra reloj. Refregué y enjuague la letrina, el piso, la puerta y hasta debajo de la cama de cemento.

Cuando sentí que la puerta se abría me arrodillé dolorida delante de ellas y baje la cabeza hasta el suelo.

--¿Ya está todo limpio cerda? –preguntó la morena

--Si señora. Como me lo pidió.

--Bueno saca el colchón de la cama y cambialo por el que está al lado de la puerta.

Me levanté con dificultad y lo hice. El lugar relucía. La oriental agarró los baldes y también los dejó allí.

Alguien que no pude distinguir abrió la puerta y rápidamente tomó todo y en su lugar dejo dos nuevos baldes y un toallón.

--Parate sobre la letrina.

Cuando lo hice las dos mujeres se dedicaron a lavarme amorosamente con agua tibia. Me enjabonaron la cabeza con champú y el cuerpo con una esponja suave. Mi cola era una llaga viva pero ellas la trataron con dulzura.

Yo de pie, con la cabeza baja, no decía nada.

Luego me enjuagaron con cuidado y con el toallon me secaron.

Cuando terminaron me sentía como nueva.

--De rodillas –me ordenó la dueña de la fusta.

Me arrodillé y mientras su compañera me volvía a atar me pidió que le agradeciera.

--Gracias señora.

--¿Gracias, por qué? –me preguntó.

Me sentí confundida. En realidad no sabía por que.

--Por educarte tontita.

--Gracias por educarme señora –me apresuré a decirle.

--Vas a ver que con el tiempo cada vez vas a ser un poquito mejor. Te lo prometo.

Las dos se fueron del cuarto con un balde cada una.

Yo me fui a mi cama y –boca abajo- me quedé descansando con los ojos abiertos.

Sueños febriles e inconfesables (capítulo 4)

Durante todo el tiempo que estuve allí, del exterior, nunca escuche un ruido ni entro un rayo de sol. En mi mundo no existió otra cosa que esas paredes de piedra, la puerta de hierro y el zumbido del tubo fluorescente de techo. Nunca supe donde estaba ni si era de día o de noche. Lo único que marcaba el tiempo era cuando me dejaban el agua y la comida a través de un breve abertura en la parte inferior de la pesada puerta de hierro.

Pasaba la mayor parte de mi tiempo tirada en el jergón sobre la cama de cemento, siempre con las manos atadas a mi espalda. El hacer mis necesidades era todo un esfuerzo y no había con que limpiarse.

Para comer o beber tenía que arrodillarme como un perro. Trate infinidad de posturas diferentes pero al final esa era la mas cómoda.

La puerta se abrió.

Me bajé presurosa de la cama y me arrodillé con la cabeza gacha.

--Parece que ya aprendió algo señor –comentó, para mi sorpresa, una mujer.

Levante la vista sin mover la cabeza. Frente a mi una pareja desnuda. Al hombre ya lo conocía y a la fusta que traía en su mano también.

Ella era un poco más baja, de cuerpo atlético, pechos chicos. Su vientre era chato, sus brazos musculosos, su pelo negro y muy corto. Tenía la piel oscura sin ser negra y su pubis estaba completamente depilado. En su cuello una collar marrón decorado con tachas de hierro coronado por una fuerte argolla del mismo material.

Yo, en comparación, me sentí una chancha blanca y fofa, con mis enormes pechos como ubres colgando frente a mi.

--Apesta –dijo él.

No me animé a moverme. El miedo me tenía paralizada.

--Desatala.

La mujer se situó detrás mío y liberó mis manos. Instintivamente las llevé a mi frente y comencé a restregar mis muñecas. Las cuerdas les habían dejado marcas rojizas y violáceas.

El hombre se sentó en la cama y abrió las piernas. Su sexo estaba otra vez erecto e hinchado. Su glande era rojizo, su tronco estaba surcado de venas azuladas. Su visión me intimidaba.

La morena se arrodillo al lado mío y me acarició la cabeza.

--Pobrecita. Debes tener mucho miedo pero no te preocupes, te voy a ayudar.

--Cada vez que viene me castiga –me quejé.

--Por supuesto. Lo va a hacer cada vez que desobedezcas pero lo hace por tu bien. ¿Cómo te llamás?

--No me acuerdo. No recuerdo nada de mi vida pasada ni se como llegué aquí.

--Te voy a llamar Semiramis.

El hombre nos miraba sin decir palabra.

--Dejame mirarte. Sentate derecha.

Me erguí acomodando mi trasero sobre mis talones.

--Pone las manos sobre tus rodillas.

La mujer inspecciono mi cuerpo con su mirada y sus manos. Nada escapo a su atención. Mi cara, mis hombros, mis pechos y mi vientre fueron objetos de su cuidadosa atención.

Cuando paso sus manos por mis pezones traté de eludir sus manos.

--No hagas eso. Ponete derecha –reiteró.

El hombre me miraba fijo.

Obedecí y ella retomó sus caricias.

¿Que me pasaba? Sus suaves pellizcos en esa zona tan sensible me estaba excitando. ¿Que pensarían de mi? Yo misma me sentía una cualquiera. Sucia, maloliente, de rodillas frente a dos extraños sentía –entre mis piernas juntas y apretadas- como –al mismo tiempo que mi sexo se humedecía- mi dignidad se desvanecía. Lágrimas de auto lástima comenzaron a surcar mis mejillas dejando rastros claros entre la mugre que las cubría.

--Tenes que aprender a respetar a tu señor –me dijo cuando terminó—Cuanto antes lo aprendas más rápido cesará tu angustia.

--Ayer me obligó a hacerle cosas... –se me cerró la garganta y no pude terminar la frase.

--Vos le perteneces y sos su propiedad, como yo. Vas a aprender a vivir para él, a estar pendiente de sus deseos. Es más, con el tiempo, vas a tratar de adivinarlos para ganar su respeto y afecto. Sea lo que sea que te pida que hagas.

“Ni loca” pensé. “Estos dos están enfermos”.

El hombre nos observaba sin decir palabra.

Ella me acercó a él gateando de rodillas.

--Poné su miembro en tu boca –me ordenó.

Obedecí.

--No dejes que tu dientes lo raspen. Los tenes que cubrir con tus labios.

--Ahora con una mano bajale el prepucio para que el glande quede expuesto y con la otra acariciale suavemente sus testículos.

Yo –haciendo un gran esfuerzo- seguía sus instrucciones.

--Move tu cabeza suavemente de arriba a abajo tratando de que entre lo más posible dentro de tu boca. No tengas miedo, no te vas a ahogar.

Toda la situación me parecía irreal. Como en un sueño sentí su miembro caliente latir dentro de mi boca.

--Si acaba, no se te ocurra escupirlo. Tenés que tragarlo, sino te va a hacer lamerlo del piso.

La mujer me pegó una fuerte palmada en la cola.

--Más rápido –me urgió.

Aceleré el movimiento de mi cabeza hasta que sentí su fuerte chorro caliente golpear contra mi garganta.

--¡No lo escupas!

Lo tragué.

--Ahora con la lengua limpiale bien el miembro sin dejar de acariciarlo.

El hombre me miraba sonriendo levemente.

Cuando terminé la mujer me apartó un poco y me dejó frente a él sentada sobre mis talones, las manos en las rodillas, la cabeza gacha.

Él se levantó y antes de irse me acarició la cabeza. No fue una caricia suave o tierna. Fue como ese tipo de caricias que se le da a un perro que te alcanza el diario.

Ella se quedó conmigo.

--Le encantó. Estuvo conforme con vos –me dijo.

Yo estaba confundida. No podía creer que el escueto gesto de mi verdugo me hiciera sentir tanta gratitud y orgullo.

--Date vuelta –me ordenó.

Me ató las manos atrás, por las muñecas, y las elevó a la altura de mi cintura pasándola la soga por mi cuello. Me ordenó que me parara y después de obligarme a agacharme -haciendo fuerza con su mano sobre mi nuca- metió uno de sus dedos en mi sexo.

Chillé y me retorcí pero era muy fuerte.

Cuando terminó me dejó enderezarme.

--Estas completamente mojada –señalo y antes de que pudiera hacer nada para evitarlo metió su dedo empapado en mi boca. Luego se retiró.

Estaba cansada. Me acosté en mi cama buscando una forma cómoda para dormir.

Me sentía descubierta, expuesta. Odiaba mi cuerpo por no saber ocultar a extraños mis debilidades. Pero –para mi mayor confusión- todavía me parecía sentir con agradecimiento su mano acariciándome la cabeza.

Ya más relajada sentí ganas de acariciarme pero así atada me resultaba imposible.

Por primera vez –ya dormida- tuve sueños febriles e inconfesables.

jueves, 29 de mayo de 2008

Debo estar loca (capítulo 3)

A pesar de mis esfuerzos no conseguía recordar absolutamente nada de mi misma. Tenía la sensación que recuperando mi identidad y recordando mi pasado podía tomar el control de mi presente.

La puerta se abrió y el hombre desnudo entró. En una mano portaba un maletín de cuero de esos que se usan para llevar herramientas y en la otra una fusta negra coronada por una lonja de cuero del mismo color.

--Arrodíllate en frente mío y baja la cabeza –ordenó.

Como pude, con las manos atadas a mi espalda, lo hice.

--Así me recibirás cada vez que entre. ¿Entendido?

--Si.

--¿Si que?

--Si señor.

Me dolían las rodillas sobre el cemento y no encontraba posición para mis pies.

--Levantá la cabeza.

Cuando lo hice lo primero que vi es que su sexo estaba erecto y rápidamente la volvía a bajar.

--Te ordene que levantes la cabeza.

Esta vez no lo hice lo suficientemente rápido y recibí un lonjazo en mi ya dolorido trasero.

Lagrimas de dolor y furia cayeron por mis mejillas.

--Chupame la pija –ordenó

Con él parado frente a mi y yo de rodillas, su miembro había quedado a la altura de mis ojos. Mis sentimientos eran confusos, me intimidaba y me avergonzaba pero ponerlo en mi boca me producía asco.

Un segundo fustazo me arrancó un grito de dolor y sorpresa. Mi cara se inundo de lágrimas que fluían sin control.

Acerque mi boca a su sexo y tímidamente lo introduje entre mis labios. Tenía un olor fuerte que no era ni agradable ni desagradable.

--Abrí la boca.

El miedo a un nuevo azote me ayudó a obedecer y el se introdujo en mi con fuerza y desconsideración. Traté de sacar mi cara pero ya me había agarrado de mi cabellos y tirando con fuerza me mantuvo la boca en su lugar.

Sentía que me ahogaba.

Se debe haber dado cuenta porque aflojó un poco la presión sin soltarme.

Así pasamos los dos quietos unos segundos. Luego me soltó de pelo y con su manaza me agarró fuertemente del cuello y comenzó a mover mi cabeza hacia atrás y adelante haciendo que mi boca acaricie todo el largo y ancho de su sexo caliente.

--Ahora lo vas a hacer sola –dijo aflojando la presión sobre mi cabeza.

Yo continué. Mi pechos se bamboleaban al compás de mi trabajo. Mis maxilares ya me dolían. El llanto me había llenado la nariz de mocos y me costaba respirar. Cuando sentía que aflojaba me pegaba un leve fustazo para azuzar mi ritmo.

Luego de largos minutos, antes de sentir que mi boca se inundaba de un líquido espeso y tibio, me volvió a tomar con fuerza del pelo.

Me invadió una fuerte sensación de nausea y comencé a toser.

Me soltó y puso una mano bajo mi boca. Me invadió el pánico y escupí su descarga mientras trataba de recuperarme.

El esperaba paciente.

--Escandalosa –se burló—ya vas a aprender.

Cuando me recuperé un poco puso su mano bajo mis ojos y me mostró la mezcla de semen y saliva que había recogido de mi boca cuando escupí. Era de un color lechoso transparente.

--¿Lo ves?

--Si.

--Si ¿qué?

--Si señor.

--Esta, a partir de ahora, va a ser una de tus obligaciones. Pero no te preocupes –sonrió—ya te van a enseñar. Fue una de las peores mamadas que recibí en mi vida.

Se quedó mirándome como esperando algo. Yo no entendía. Comenzó a agitar la fusta y me acordé.

--Si señor –dije, agachando la cabeza.

Su sexo se había reducido y ablandado. Así chiquito, colgado frente a sus testículos me produjo una especie de ternura.

“Debo estar loca” pensé. Este tipo es una bestia.

Antes de irse, embadurnó mi cara y mis pechos con el contenido de su mano dejando mi cuerpo impregnado con su primitivo olor a macho.

Ya sola, me levanté trabajosamente. Me dolía las rodillas y el trasero.

En el lugar donde había estado había un charco.

Me había orinado encima.