A pesar de mis esfuerzos no conseguía recordar absolutamente nada de mi misma. Tenía la sensación que recuperando mi identidad y recordando mi pasado podía tomar el control de mi presente.
La puerta se abrió y el hombre desnudo entró. En una mano portaba un maletín de cuero de esos que se usan para llevar herramientas y en la otra una fusta negra coronada por una lonja de cuero del mismo color.
--Arrodíllate en frente mío y baja la cabeza –ordenó.
Como pude, con las manos atadas a mi espalda, lo hice.
--Así me recibirás cada vez que entre. ¿Entendido?
--Si.
--¿Si que?
--Si señor.
Me dolían las rodillas sobre el cemento y no encontraba posición para mis pies.
--Levantá la cabeza.
Cuando lo hice lo primero que vi es que su sexo estaba erecto y rápidamente la volvía a bajar.
--Te ordene que levantes la cabeza.
Esta vez no lo hice lo suficientemente rápido y recibí un lonjazo en mi ya dolorido trasero.
Lagrimas de dolor y furia cayeron por mis mejillas.
--Chupame la pija –ordenó
Con él parado frente a mi y yo de rodillas, su miembro había quedado a la altura de mis ojos. Mis sentimientos eran confusos, me intimidaba y me avergonzaba pero ponerlo en mi boca me producía asco.
Un segundo fustazo me arrancó un grito de dolor y sorpresa. Mi cara se inundo de lágrimas que fluían sin control.
Acerque mi boca a su sexo y tímidamente lo introduje entre mis labios. Tenía un olor fuerte que no era ni agradable ni desagradable.
--Abrí la boca.
El miedo a un nuevo azote me ayudó a obedecer y el se introdujo en mi con fuerza y desconsideración. Traté de sacar mi cara pero ya me había agarrado de mi cabellos y tirando con fuerza me mantuvo la boca en su lugar.
Sentía que me ahogaba.
Se debe haber dado cuenta porque aflojó un poco la presión sin soltarme.
Así pasamos los dos quietos unos segundos. Luego me soltó de pelo y con su manaza me agarró fuertemente del cuello y comenzó a mover mi cabeza hacia atrás y adelante haciendo que mi boca acaricie todo el largo y ancho de su sexo caliente.
--Ahora lo vas a hacer sola –dijo aflojando la presión sobre mi cabeza.
Yo continué. Mi pechos se bamboleaban al compás de mi trabajo. Mis maxilares ya me dolían. El llanto me había llenado la nariz de mocos y me costaba respirar. Cuando sentía que aflojaba me pegaba un leve fustazo para azuzar mi ritmo.
Luego de largos minutos, antes de sentir que mi boca se inundaba de un líquido espeso y tibio, me volvió a tomar con fuerza del pelo.
Me invadió una fuerte sensación de nausea y comencé a toser.
Me soltó y puso una mano bajo mi boca. Me invadió el pánico y escupí su descarga mientras trataba de recuperarme.
El esperaba paciente.
--Escandalosa –se burló—ya vas a aprender.
Cuando me recuperé un poco puso su mano bajo mis ojos y me mostró la mezcla de semen y saliva que había recogido de mi boca cuando escupí. Era de un color lechoso transparente.
--¿Lo ves?
--Si.
--Si ¿qué?
--Si señor.
--Esta, a partir de ahora, va a ser una de tus obligaciones. Pero no te preocupes –sonrió—ya te van a enseñar. Fue una de las peores mamadas que recibí en mi vida.
Se quedó mirándome como esperando algo. Yo no entendía. Comenzó a agitar la fusta y me acordé.
--Si señor –dije, agachando la cabeza.
Su sexo se había reducido y ablandado. Así chiquito, colgado frente a sus testículos me produjo una especie de ternura.
“Debo estar loca” pensé. Este tipo es una bestia.
Antes de irse, embadurnó mi cara y mis pechos con el contenido de su mano dejando mi cuerpo impregnado con su primitivo olor a macho.
Ya sola, me levanté trabajosamente. Me dolía las rodillas y el trasero.
En el lugar donde había estado había un charco.
Me había orinado encima.

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