viernes, 30 de mayo de 2008

Sueños febriles e inconfesables (capítulo 4)

Durante todo el tiempo que estuve allí, del exterior, nunca escuche un ruido ni entro un rayo de sol. En mi mundo no existió otra cosa que esas paredes de piedra, la puerta de hierro y el zumbido del tubo fluorescente de techo. Nunca supe donde estaba ni si era de día o de noche. Lo único que marcaba el tiempo era cuando me dejaban el agua y la comida a través de un breve abertura en la parte inferior de la pesada puerta de hierro.

Pasaba la mayor parte de mi tiempo tirada en el jergón sobre la cama de cemento, siempre con las manos atadas a mi espalda. El hacer mis necesidades era todo un esfuerzo y no había con que limpiarse.

Para comer o beber tenía que arrodillarme como un perro. Trate infinidad de posturas diferentes pero al final esa era la mas cómoda.

La puerta se abrió.

Me bajé presurosa de la cama y me arrodillé con la cabeza gacha.

--Parece que ya aprendió algo señor –comentó, para mi sorpresa, una mujer.

Levante la vista sin mover la cabeza. Frente a mi una pareja desnuda. Al hombre ya lo conocía y a la fusta que traía en su mano también.

Ella era un poco más baja, de cuerpo atlético, pechos chicos. Su vientre era chato, sus brazos musculosos, su pelo negro y muy corto. Tenía la piel oscura sin ser negra y su pubis estaba completamente depilado. En su cuello una collar marrón decorado con tachas de hierro coronado por una fuerte argolla del mismo material.

Yo, en comparación, me sentí una chancha blanca y fofa, con mis enormes pechos como ubres colgando frente a mi.

--Apesta –dijo él.

No me animé a moverme. El miedo me tenía paralizada.

--Desatala.

La mujer se situó detrás mío y liberó mis manos. Instintivamente las llevé a mi frente y comencé a restregar mis muñecas. Las cuerdas les habían dejado marcas rojizas y violáceas.

El hombre se sentó en la cama y abrió las piernas. Su sexo estaba otra vez erecto e hinchado. Su glande era rojizo, su tronco estaba surcado de venas azuladas. Su visión me intimidaba.

La morena se arrodillo al lado mío y me acarició la cabeza.

--Pobrecita. Debes tener mucho miedo pero no te preocupes, te voy a ayudar.

--Cada vez que viene me castiga –me quejé.

--Por supuesto. Lo va a hacer cada vez que desobedezcas pero lo hace por tu bien. ¿Cómo te llamás?

--No me acuerdo. No recuerdo nada de mi vida pasada ni se como llegué aquí.

--Te voy a llamar Semiramis.

El hombre nos miraba sin decir palabra.

--Dejame mirarte. Sentate derecha.

Me erguí acomodando mi trasero sobre mis talones.

--Pone las manos sobre tus rodillas.

La mujer inspecciono mi cuerpo con su mirada y sus manos. Nada escapo a su atención. Mi cara, mis hombros, mis pechos y mi vientre fueron objetos de su cuidadosa atención.

Cuando paso sus manos por mis pezones traté de eludir sus manos.

--No hagas eso. Ponete derecha –reiteró.

El hombre me miraba fijo.

Obedecí y ella retomó sus caricias.

¿Que me pasaba? Sus suaves pellizcos en esa zona tan sensible me estaba excitando. ¿Que pensarían de mi? Yo misma me sentía una cualquiera. Sucia, maloliente, de rodillas frente a dos extraños sentía –entre mis piernas juntas y apretadas- como –al mismo tiempo que mi sexo se humedecía- mi dignidad se desvanecía. Lágrimas de auto lástima comenzaron a surcar mis mejillas dejando rastros claros entre la mugre que las cubría.

--Tenes que aprender a respetar a tu señor –me dijo cuando terminó—Cuanto antes lo aprendas más rápido cesará tu angustia.

--Ayer me obligó a hacerle cosas... –se me cerró la garganta y no pude terminar la frase.

--Vos le perteneces y sos su propiedad, como yo. Vas a aprender a vivir para él, a estar pendiente de sus deseos. Es más, con el tiempo, vas a tratar de adivinarlos para ganar su respeto y afecto. Sea lo que sea que te pida que hagas.

“Ni loca” pensé. “Estos dos están enfermos”.

El hombre nos observaba sin decir palabra.

Ella me acercó a él gateando de rodillas.

--Poné su miembro en tu boca –me ordenó.

Obedecí.

--No dejes que tu dientes lo raspen. Los tenes que cubrir con tus labios.

--Ahora con una mano bajale el prepucio para que el glande quede expuesto y con la otra acariciale suavemente sus testículos.

Yo –haciendo un gran esfuerzo- seguía sus instrucciones.

--Move tu cabeza suavemente de arriba a abajo tratando de que entre lo más posible dentro de tu boca. No tengas miedo, no te vas a ahogar.

Toda la situación me parecía irreal. Como en un sueño sentí su miembro caliente latir dentro de mi boca.

--Si acaba, no se te ocurra escupirlo. Tenés que tragarlo, sino te va a hacer lamerlo del piso.

La mujer me pegó una fuerte palmada en la cola.

--Más rápido –me urgió.

Aceleré el movimiento de mi cabeza hasta que sentí su fuerte chorro caliente golpear contra mi garganta.

--¡No lo escupas!

Lo tragué.

--Ahora con la lengua limpiale bien el miembro sin dejar de acariciarlo.

El hombre me miraba sonriendo levemente.

Cuando terminé la mujer me apartó un poco y me dejó frente a él sentada sobre mis talones, las manos en las rodillas, la cabeza gacha.

Él se levantó y antes de irse me acarició la cabeza. No fue una caricia suave o tierna. Fue como ese tipo de caricias que se le da a un perro que te alcanza el diario.

Ella se quedó conmigo.

--Le encantó. Estuvo conforme con vos –me dijo.

Yo estaba confundida. No podía creer que el escueto gesto de mi verdugo me hiciera sentir tanta gratitud y orgullo.

--Date vuelta –me ordenó.

Me ató las manos atrás, por las muñecas, y las elevó a la altura de mi cintura pasándola la soga por mi cuello. Me ordenó que me parara y después de obligarme a agacharme -haciendo fuerza con su mano sobre mi nuca- metió uno de sus dedos en mi sexo.

Chillé y me retorcí pero era muy fuerte.

Cuando terminó me dejó enderezarme.

--Estas completamente mojada –señalo y antes de que pudiera hacer nada para evitarlo metió su dedo empapado en mi boca. Luego se retiró.

Estaba cansada. Me acosté en mi cama buscando una forma cómoda para dormir.

Me sentía descubierta, expuesta. Odiaba mi cuerpo por no saber ocultar a extraños mis debilidades. Pero –para mi mayor confusión- todavía me parecía sentir con agradecimiento su mano acariciándome la cabeza.

Ya más relajada sentí ganas de acariciarme pero así atada me resultaba imposible.

Por primera vez –ya dormida- tuve sueños febriles e inconfesables.

No hay comentarios: