martes, 3 de junio de 2008

Mi deseo (capítulo 7)

Mi tiempo –en aquellos momentos- pasaba lentamente casi exasperante. Me oprimía el silencio, la frialdad de los muros de piedra. Lo único que rompía mi rutina diaria era el momento de las comidas y cuando venían las dos mujeres, la morena y la asiática, a traerme los utensilios para limpiar y luego bañarme.

Varias veces traté de hablar con ellas. Les pregunté donde estábamos, cómo me habían encontrado , que me deparaba el futuro. Siempre la respuesta fue la orden de que me callara a veces de palabra y otras acompañado de algún fustazo en mi ya vapuleado trasero.

Las únicas conversaciones –si así se las puede llamar- que tenía con ellas eran mis respuestas a sus indicaciones: “si señora, no señora, perdón señora”.

Si bien lo había visto muy pocas veces, extrañaba al hombre desnudo. No recordaba ni su dureza ni sus crueles castigos para doblegar mi voluntad, recordaba sus caricias en mi cabeza rascándola como a un perrito, las golosinas recibidas y el placer de sus dedos en mi vagina durante su última visita.

La puerta se abrió.

Rápidamente bajé de la cama y me postré frente a la puerta. Ya cada vez era mas ágil para hacerlo con las manos atadas a mi espalda.

Eran las dos mujeres con una bolsa chica de arpillera en la mano. Rápidamente me encapucharon la cabeza y agarrándome de los brazos me levantaron sobre mis pies.

No se a donde me llevaron. Se que salimos de la celda porque sentí la puerta de hierro cerrarse tras de mi. Las mujeres no me explicaron nada y tampoco hablaron entre ellas. Por los lugares que pasamos solo silencio.

Así pasaron varios minutos, ellas caminaban velozmente a mi lado sosteniéndome de las axilas y yo tratando de seguirles el paso resoplando por un esfuerzo.

Entramos a un cuarto. Me di cuenta por el chirrido de alguna bisagra sin aceitar y el ruido de su cerradura cuando se cerró tras de mi.

En el centro de la habitación una mesa de madera maciza y sobre ella, boca arriba, una muchacha tan desnuda como yo gritaba de dolor. Estaba atada en cruz piernas y brazos completamente separados. A su alrededor varias mujeres se ocupaban de ella en algún menester que en ese momento no pude distinguir. Arriba de la mesa la única lámpara de la habitación dejaba en penumbras sus paredes.

Mis dos acompañantes me metieron, no sin esfuerzo, en una estrecha jaula de hierro, a un costado cerca de una pared de ladrillo a la vista, colgada del techo con una gruesa cadena. Me costó acomodarme en ella hasta que finalmente terminé sentándome en su piso sacando mis piernas entre sus barrotes.

Traté de ver, angustiada, que le hacían a la muchacha de la mesa hasta que, pasado un rato, me di cuenta que la estaban depilando. A cada chillido que le arrancaba el brusco tirón de la cera de su piel –junto a su oscura pelambre- las mujeres a su alrededor se reían con picardía disfrutándolo.

Miré mis piernas con temor. Un largo y fino vello rubio las cubría. Yo debía ser la que seguiría.

Terminadas sus piernas, con alegría, se dedicaron a su sexo. Primero le cortaron lo mas grueso de su monte de Venus con una tijera para luego dedicarse a trabajarla derramando en esa zona tan sensible de su cuerpo la caliente cera. A cada tirón gruesas lagrimas rodaban a los costados de sus ojos. La zona trabajada quedaba de un fuerte color rosa pero suave y tersa.

Sus verdugos disfrutaban del trabajo. Algunas veces en lugar de arrancar su vello rápido y fuerte lo hacían más lentamente para verla retorcerse y sufrir.

Segura de que yo sería la siguiente me prometí no darles el gusto de humillarme demostrando mi dolor. “Seré fuerte”, pensé, “no les voy a dar el gusto”.

Igual tratamiento le dieron a sus axilas para, luego de ponerla boca abajo, por último abrirle los cachetes de su cola y limpiar de allí cualquier rastro piloso.

Cuando le soltaron los tobillos y las muñecas la muchacha estaba agotada pero no le dieron mucho tiempo para descansar. Entre todas, mientras le manoseaban sus pechos, sexo y ano, la llevaron a un costado de la habitación donde la dejaron, en penumbras, colgada de sus manos, estirada y en puntas de pie de una soga asegurada al techo.

“Perras crueles”, pensé apretando los dientes, “no les va a servir, conmigo se van a llevar una sorpresa”.

En la mesa, ya atada de pies y manos, me estiraron el cuerpo hasta el máximo dolor que pude aguantar por medio de unas ruedas que había a ambos extremos de la mesa.

La cera caliente me arrancó lágrimas de dolor y rabia y reafirmó mi voluntad de demostrarles mi fortaleza.

No sirvió de nada. Pocos minutos después, para mi vergüenza, chillaba , gritaba, lloraba y me retorcía como una marrana.

Cuando terminaron con mi cuerpo a su gusto y voluntad, entre bromas y observaciones vulgares sobre mi anatomía, me volvieron a encapuchar para devolverme a mi celda.

Ya sola, atada como siempre con mis manos en la espalda, de rodillas en el suelo con la cara hundida en el colchón de mi cama, lloré con desconsuelo.

La puerta se abrió y apareció el hombre desnudo. En su mano un frasco. Se acercó a mi, me desató, me pidió que me pusiera de pie y con infinita dulzura me untó todo mi cuerpo de una crema suave y refrescante.

Sin poder evitarlo, mientras se ocupaba de mi espalda apoyé mi mejilla en su pecho deseando que ese instante no finalizara nunca.

Cuando finalizó me arrodillé agradecida para retribuirle sus cuidados de la única manera que sabía hacer hasta ese momento. Besar con mis labios su demandante sexo. El sólo apartó con una risa espontánea.

--Ya te voy a dar el gusto –me dijo con una lo que me pareció una arrogancia irritante –lo podrás hacer cuando yo te lo indique.

Quién se creía que era, yo sólo había tratado de proporcionarle el justo placer que sentía se había merecido.

Sin embargo cuando se fue me di cuenta que mis partes más intimas estaban empapadas de deseo.