viernes, 30 de mayo de 2008

Ser cada vez un poquito mejor (capítulo 5)

Me despertó el ruido de la puerta al abrirse. Medio dormida todavía baje para arrodillarme como el hombre desnudo me lo había indicado.

Pero no. Ésta vez el no vino. En su lugar entró la morena que yo ya conocía y una muchacha de rasgados ojos orientales. Por supuesto las dos estaban desnudas.

La desconocida era de mi estatura, de grandes pechos y cintura fina. Sus caderas eran anchas, su cara aniñada. Un collar con un anillo de hierro al frente adornaba su cuello. En cada mano un balde.

Traté de levantarme.

--No podes levantarte sin permiso Semiramis –me indicó la morena mientras me mostraba la fusta-- en ausencia de nuestro amo tendrás que obedecerme igual que a él.

La oriental se acercó a mi y luego de dejar los baldes a mi lado me desató.

--Vas a lavar este chiquero de punta a punta –me dijo mi nueva ama—En un balde hay agua con jabón y un cepillo, en el otro un trapo y agua limpia. En una hora vengo a controlar.

Las mujeres se retiraron.

Tal cual me dijo en el balde, flotando en el agua, había un cepillo de paja.

La furia me embargó. “¿Que se piensan estas dos perras, que soy una maldita sirvienta?” pensé y a desgano comencé, de rodillas, a frotar el piso con el agua jabonosa.

No había llegado ni a la mitad cuando la puerta se abrió y entraron mis dos carceleras.

--Ya pasó la hora Semiramis, ¿terminaste?

--Es mucho, necesito más tiempo –argumenté de mal modo.

Rápidamente, a un gesto de la morena, la oriental se acercó a mi, me tiró sobre el piso enjabonado, boca abajo, y se sentó en mi espalda.

Yo traté de pelear. Chillé como una cerda y pataleé tratando de sacarme de encima su gordo trasero.

No pude.

Mientras tanto la morena se ubicó a mi costado y comenzó a azotar mis nalgas una a una por turno.

Mis pechos aplastados contra el piso de cemento me hacían daño pero el dolor de los azotes era insoportable. Por un tiempo seguí gritando, insultando y retorciéndome como una lombriz en un anzuelo.

Mi verdugo no sólo no aflojaba el ritmo de sus golpes sino que los aumentaba en intensidad.

Por unos minutos agotada quedé en silencio y luego –pensando que tal vez podría conmoverla-- me largue a llorar.

Los azotes continuaron

Ya vencida pedí perdón. Prometí que haría lo que quisieran.

Mi verdugo no se conmovió.

Me invadió el pánico. “Me van a terminar matando” pensé.

--Por favor, te lo suplico, dejame terminar el trabajo como me lo pediste. Por favor –rogue.

El castigo cesó. Sentí que la oriental se levantaba de mi espalda. Mis nalgas me ardían.

--Perra veni a mi de rodillas –me ordenó.

Llorando y chorreando mocos de mi nariz me acerqué.

--Lamé mis pies y pedi perdón.

--Perdón ama –dije mientras le lamía los pies del empeine como una perra.

--Ahora a mi compañera.

--A usted también le pido perdón.

--Bueno, así esta bien. Podes seguir con tu trabajo. En otra hora volvemos.

Apenas se fueron me puse a trabajar contra reloj. Refregué y enjuague la letrina, el piso, la puerta y hasta debajo de la cama de cemento.

Cuando sentí que la puerta se abría me arrodillé dolorida delante de ellas y baje la cabeza hasta el suelo.

--¿Ya está todo limpio cerda? –preguntó la morena

--Si señora. Como me lo pidió.

--Bueno saca el colchón de la cama y cambialo por el que está al lado de la puerta.

Me levanté con dificultad y lo hice. El lugar relucía. La oriental agarró los baldes y también los dejó allí.

Alguien que no pude distinguir abrió la puerta y rápidamente tomó todo y en su lugar dejo dos nuevos baldes y un toallón.

--Parate sobre la letrina.

Cuando lo hice las dos mujeres se dedicaron a lavarme amorosamente con agua tibia. Me enjabonaron la cabeza con champú y el cuerpo con una esponja suave. Mi cola era una llaga viva pero ellas la trataron con dulzura.

Yo de pie, con la cabeza baja, no decía nada.

Luego me enjuagaron con cuidado y con el toallon me secaron.

Cuando terminaron me sentía como nueva.

--De rodillas –me ordenó la dueña de la fusta.

Me arrodillé y mientras su compañera me volvía a atar me pidió que le agradeciera.

--Gracias señora.

--¿Gracias, por qué? –me preguntó.

Me sentí confundida. En realidad no sabía por que.

--Por educarte tontita.

--Gracias por educarme señora –me apresuré a decirle.

--Vas a ver que con el tiempo cada vez vas a ser un poquito mejor. Te lo prometo.

Las dos se fueron del cuarto con un balde cada una.

Yo me fui a mi cama y –boca abajo- me quedé descansando con los ojos abiertos.

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