Tal vez tuve la secreta ilusión de que todo hubiera sido un sueño. Pero no, cuando abrí los ojos allí estaban las paredes, la puerta de hierro, la letrina y me dolía todo el cuerpo. Mis manos seguían atadas. Las estiré y me toqué la cola. Ardía.
Me desperté angustiada y con miedo. No lograba recordar quién era, de donde venía, donde había vivido. No tenía ni la menos idea de como había llegado a ese cuarto gris ni quién era el hombre que me había azotado hasta doblegar mi voluntad dejándome sus absurdas imposiciones y una vergüenza humillante. “Cuando me beso debí haberlo escupido” pensé, pero luego reflexioné que tal vez eso hubiera provocado una nueva serie de azotes.
Junto a la puerta estaban los cuencos de agua y comida. Tenía sed. Haciendo un esfuerzo sobrehumano me baje de la cama como pude y me acerque al agua. Parecía buena. Me arrodille frente a ella y la fui sorbiendo despacito. No me fue fácil, no podía ayudarme con las manos y cuanto más me inclinaba sobre el cuenco más miedo tenía de caerme. Por fin encontré la forma. La comida también parecía buena. Eran trozos de verdura y de carne. Los atrapaba con los dientes y los metía en la boca con ayuda de los labios para poder masticarlos.
Si bien la cara me quedo sucia de comida sobre todo cuando la tuve que meter en el cuenco para agarrar los últimos pedazos me sentí con más animo. Ya otra vez en mi cama me limpie la cara refregándola en el colchón.
Ya no pude volver a dormir. Tanto mi trasero como mis rodillas me dolían. Para colmo comencé a sentir ganas de orinar. No tenía ganas pero me levanté nuevamente. No lo podía hacer en el colchón donde dormía
La letrina tenía un hoyo y a sus costados, separados, lugares para poner los pies. Para no ensuciarme abrí las piernas lo más posible y me puse en cuclillas.
La puerta se abrió. Cuando el hombre desnudo entró me pareció ver otro detrás de él que cerraba la puerta. “No esta solo” pensé, “hay más de uno”.
Traté de incorporarme, pero me ordenó que siguiera con lo que estaba haciendo mientras se sentaba en mi cama. En su mano había una fusta. El miedo me embargó. No podía apartar los ojos de ella y mucho menos hacer pis.
--Así no puedo –le dije--. Por favor lo tengo que hacer sola.
Me miró serio.
--Vos vas a cagar y mear delante mío. Cuando yo te lo diga –me contestó acariciando la fusta--. Si necesitas ayuda para obedecer sabes que contás conmigo.
Yo ya sabía en que consistía su “ayuda” y decidí hacerle caso. Sobreponiéndome a la vergüenza traté de aflojarme lo más posible y –para mi sorpresa- sentí el ruido de un corto chorrito de orín golpear contra el fondo oscuro de la letrina. Mi segundo intento fue mas exitoso y pude vaciar durante largos minutos mi vejiga.
Me sonrió
Estaba contenta. Había logrado sacarle una sonrisa y evitado un castigo que ésta vez prometía ser más severo.
--Acercate –me ordenó.
Cuando estuve frente a él se incorporó y tomando mi cuerpo con sus manos me dio vuelta para desatarme.
Me restregué mis muñecas doloridas. Las cuerdas habían dejado sus marcas rojizas en mi piel blanca.
Me agarro el brazo con su mano y me puso debajo de la luz del techo.
--Ponete frente a mi –ordenó.
Me di vuelta e instintivamente cubrí mis pechos con mis brazos.
--Las manos al costado.
Mirando el suelo las baje lentamente. Sus ojos quemaban todo mi cuerpo.
--La espalda derecha.
Me enderecé aún sabiendo que en esa postura mis pechos estarían más expuestos.
Puso su mano sobre uno de ellos y lo acarició. Automáticamente me retraje y me encorvé para esquivarla. Sentí un corto silbido y una línea de fuego quemo mi muslo. La angustia me aflojo las piernas y me desato en llanto.
--¿Por que me tratas así? ¿Que te hice?
El no se inmutó.
--Te pedí que te pares –me reiteró.
Seguí llorando desparramada en el suelo. Un segundo silbido me arrancó un chillido de dolor.
Me paré. Enderecé mi espalda mientras las lágrimas corrían sin control por mis mejillas. Volvió a poner su mano en uno de mis pechos. Me quedé quieta. Lo comenzó a acariciar. Yo no podía parar de llorar. Puso la fusta bajo su axila y con sus dos manos sopeso mis mamas.
--Tenés lindas tetas. Son pesadas y blancas. Tus pezones también están bien aunque podrían ser más largos. Sin embargo sus aureolas son rosadas y amplias.
Parecía un granjero describiendo un animal para vender en la feria de un pueblo.
Me levantó la barbilla. Me miró el cuello, la cara y los hombros. Luego inspeccionó mi vientre, mi cintura y caderas.
--Tu cuello es fino, los hombros son anchos y tu vientre chato. Eso me gusta. Vas a servir.
--¿Servir para qué? –le pregunté.
Sólo me miró. Me callé la boca y bajé la vista.
--Tu cintura es fina y tus caderas anchas.
Me dio vuelta.
--Tu culo es grande pero tiene forma. Tenés lindas piernas y pies chicos.
Cada lugar que nombraba lo tocaba. Yo hacía un gran esfuerzo por no moverme.
--Abrí las piernas
--No, por favor --rogué.
Agarró nuevamente la fusta. Rápidamente abrí las piernas.
--Rubia natural –comentó mientras acariciaba mi monte de Venus--.
Su mano acarició mi intimidad. Yo intenté cerrar los muslos.
--Abrí más las piernas, no quiero volver a castigarte.
Las abrí. Su mano palpo mi sexo. Abrió los labios de mi vagina e introdujo un dedo en ella.
--Estas mojada –me dijo sonriendo.
La vergüenza me ahogó. Mis mejillas se tiñeron de colores mientras él jugaba delicadamente con su dedo en mi interior. Yo no podía creer lo que me estaba pasando. Mientras mi excitación crecía también sentía la imperiosa necesidad de retirarle la mano pero no me animaba. Sólo atinaba a retorcer suavemente mi cuerpo tratando de eludirlo.
--Tus pezones se despertaron, zorra.
Los miré. Estaban erectos y duros. Mi pecho enrojecido, mi respiración agitada. Cuando lo sentí retirarse de mi aunque una parte mía se sintió aliviada y otra hubiera deseado que siga jugando con mis intimidades.
Limpió su dedo en mis pechos. Me ató las manos a mi espalda y se dirigió a la puerta. Esta se abrió y salió.
Yo me acosté en mi camastro sintiéndome humillada, enojada y excitada.
