sábado, 1 de marzo de 2008

Humillada, enojada y excitada (capítulo 2)

Tal vez tuve la secreta ilusión de que todo hubiera sido un sueño. Pero no, cuando abrí los ojos allí estaban las paredes, la puerta de hierro, la letrina y me dolía todo el cuerpo. Mis manos seguían atadas. Las estiré y me toqué la cola. Ardía.

Me desperté angustiada y con miedo. No lograba recordar quién era, de donde venía, donde había vivido. No tenía ni la menos idea de como había llegado a ese cuarto gris ni quién era el hombre que me había azotado hasta doblegar mi voluntad dejándome sus absurdas imposiciones y una vergüenza humillante. “Cuando me beso debí haberlo escupido” pensé, pero luego reflexioné que tal vez eso hubiera provocado una nueva serie de azotes.

Junto a la puerta estaban los cuencos de agua y comida. Tenía sed. Haciendo un esfuerzo sobrehumano me baje de la cama como pude y me acerque al agua. Parecía buena. Me arrodille frente a ella y la fui sorbiendo despacito. No me fue fácil, no podía ayudarme con las manos y cuanto más me inclinaba sobre el cuenco más miedo tenía de caerme. Por fin encontré la forma. La comida también parecía buena. Eran trozos de verdura y de carne. Los atrapaba con los dientes y los metía en la boca con ayuda de los labios para poder masticarlos.

Si bien la cara me quedo sucia de comida sobre todo cuando la tuve que meter en el cuenco para agarrar los últimos pedazos me sentí con más animo. Ya otra vez en mi cama me limpie la cara refregándola en el colchón.

Ya no pude volver a dormir. Tanto mi trasero como mis rodillas me dolían. Para colmo comencé a sentir ganas de orinar. No tenía ganas pero me levanté nuevamente. No lo podía hacer en el colchón donde dormía

La letrina tenía un hoyo y a sus costados, separados, lugares para poner los pies. Para no ensuciarme abrí las piernas lo más posible y me puse en cuclillas.

La puerta se abrió. Cuando el hombre desnudo entró me pareció ver otro detrás de él que cerraba la puerta. “No esta solo” pensé, “hay más de uno”.

Traté de incorporarme, pero me ordenó que siguiera con lo que estaba haciendo mientras se sentaba en mi cama. En su mano había una fusta. El miedo me embargó. No podía apartar los ojos de ella y mucho menos hacer pis.

--Así no puedo –le dije--. Por favor lo tengo que hacer sola.

Me miró serio.

--Vos vas a cagar y mear delante mío. Cuando yo te lo diga –me contestó acariciando la fusta--. Si necesitas ayuda para obedecer sabes que contás conmigo.

Yo ya sabía en que consistía su “ayuda” y decidí hacerle caso. Sobreponiéndome a la vergüenza traté de aflojarme lo más posible y –para mi sorpresa- sentí el ruido de un corto chorrito de orín golpear contra el fondo oscuro de la letrina. Mi segundo intento fue mas exitoso y pude vaciar durante largos minutos mi vejiga.

Me sonrió

Estaba contenta. Había logrado sacarle una sonrisa y evitado un castigo que ésta vez prometía ser más severo.

--Acercate –me ordenó.

Cuando estuve frente a él se incorporó y tomando mi cuerpo con sus manos me dio vuelta para desatarme.

Me restregué mis muñecas doloridas. Las cuerdas habían dejado sus marcas rojizas en mi piel blanca.

Me agarro el brazo con su mano y me puso debajo de la luz del techo.

--Ponete frente a mi –ordenó.

Me di vuelta e instintivamente cubrí mis pechos con mis brazos.

--Las manos al costado.

Mirando el suelo las baje lentamente. Sus ojos quemaban todo mi cuerpo.

--La espalda derecha.

Me enderecé aún sabiendo que en esa postura mis pechos estarían más expuestos.

Puso su mano sobre uno de ellos y lo acarició. Automáticamente me retraje y me encorvé para esquivarla. Sentí un corto silbido y una línea de fuego quemo mi muslo. La angustia me aflojo las piernas y me desato en llanto.

--¿Por que me tratas así? ¿Que te hice?

El no se inmutó.

--Te pedí que te pares –me reiteró.

Seguí llorando desparramada en el suelo. Un segundo silbido me arrancó un chillido de dolor.

Me paré. Enderecé mi espalda mientras las lágrimas corrían sin control por mis mejillas. Volvió a poner su mano en uno de mis pechos. Me quedé quieta. Lo comenzó a acariciar. Yo no podía parar de llorar. Puso la fusta bajo su axila y con sus dos manos sopeso mis mamas.

--Tenés lindas tetas. Son pesadas y blancas. Tus pezones también están bien aunque podrían ser más largos. Sin embargo sus aureolas son rosadas y amplias.

Parecía un granjero describiendo un animal para vender en la feria de un pueblo.

Me levantó la barbilla. Me miró el cuello, la cara y los hombros. Luego inspeccionó mi vientre, mi cintura y caderas.

--Tu cuello es fino, los hombros son anchos y tu vientre chato. Eso me gusta. Vas a servir.

--¿Servir para qué? –le pregunté.

Sólo me miró. Me callé la boca y bajé la vista.

--Tu cintura es fina y tus caderas anchas.

Me dio vuelta.

--Tu culo es grande pero tiene forma. Tenés lindas piernas y pies chicos.

Cada lugar que nombraba lo tocaba. Yo hacía un gran esfuerzo por no moverme.

--Abrí las piernas

--No, por favor --rogué.

Agarró nuevamente la fusta. Rápidamente abrí las piernas.

--Rubia natural –comentó mientras acariciaba mi monte de Venus--.

Su mano acarició mi intimidad. Yo intenté cerrar los muslos.

--Abrí más las piernas, no quiero volver a castigarte.

Las abrí. Su mano palpo mi sexo. Abrió los labios de mi vagina e introdujo un dedo en ella.

--Estas mojada –me dijo sonriendo.

La vergüenza me ahogó. Mis mejillas se tiñeron de colores mientras él jugaba delicadamente con su dedo en mi interior. Yo no podía creer lo que me estaba pasando. Mientras mi excitación crecía también sentía la imperiosa necesidad de retirarle la mano pero no me animaba. Sólo atinaba a retorcer suavemente mi cuerpo tratando de eludirlo.

--Tus pezones se despertaron, zorra.

Los miré. Estaban erectos y duros. Mi pecho enrojecido, mi respiración agitada. Cuando lo sentí retirarse de mi aunque una parte mía se sintió aliviada y otra hubiera deseado que siga jugando con mis intimidades.

Limpió su dedo en mis pechos. Me ató las manos a mi espalda y se dirigió a la puerta. Esta se abrió y salió.

Yo me acosté en mi camastro sintiéndome humillada, enojada y excitada.

El hombre desnudo (capítulo 1)

Desperté dolorida. Estaba en una habitación desconocida. En el techo titilaba la fría luz de un tubo fluorescente. En una pared una puerta de hierro maciza enmarcada en remaches. En una esquina una letrina.

Traté de levantarme y no pude. Mis manos estaban aseguradas a mi espalda por las muñecas. Estaba desnuda. Contorsionándome y haciendo un gran esfuerzo conseguí sentarme. Mis pies descalzos se apoyaron sobre el piso de cemento. Mi cama consistía en un delgado colchón sobre una base de cemento elevada del piso y asegurado por sus extremos con dos gruesas cadenas a la pared.

Sentí nauseas. Me pare y tratando de sobreponerme al mareo y la debilidad me acerque a la letrina. Allí, de rodillas, vomité. No había agua para lavarme la boca aunque de poco me hubiera servido con las manos a mi espalda. Volví a mi cama y me acosté.

Cuando me volvía a despertar vi que junto a la puerta había un cuenco con agua y otro con comida. No había ni tenedores, ni cuchillo, ni vaso y mis manos seguían atadas. No me levanté. Estaba demasiado cansada y todavía me sentía mareada. Otra vez me quede dormida.

El ruido de la puerta al abrirse me saco de mi sopor. Cuando abrí los ojos la puerta ya se había cerrado y adentro había parado un hombre. También el estaba desnudo. Era alto, ancho de espaldas y su pecho de pectorales fuertes. Sus cejas eran tupidas y sus ojos profundos me observaban. Su vientre era chato, sus piernas musculosas y sus pies huesudos.

Lentamente se acercó a mi. Me replegué con miedo. Su desnudez me intimidaba.

--¿Donde estoy? –le pregunté-- ¿Como llegué aquí?

No me contestó. Con firmeza me dio vuelta en el camastro poniéndome boca abajo y me desató las manos. Me senté en la cama.

--Por favor –le reiteré-- ¿Qué hago aquí, quién sos?

--¿Como te llamas? –me repreguntó.

Me quede muda. No recordaba mi nombre. Tampoco recordaba quién era. Toda mi vida anterior había desaparecido como por encanto.

--No recuerdo mi nombre –contesté bajando los ojos.

Me pareció ver en el hombre una leve sonrisa.

--No te preocupes, ya no tiene importancia. Desde ahora un nombre u otro va a ser lo mismo. Lo que si es importante es que comprendas lo que yo quiero de vos. ¿Podés entendér eso?

No supe que contestar. Trataba desesperadamente de recordar algo de mi vida. A lo mejor tenía familia y me estaban buscando preocupados. Tal vez estaba casada, podría ser que tuviera hijos.

--No recuerdo quien soy.

--No me preguntaste que espero de vos –dijo como si no me hubiera oído.

Levanté mis ojos hacia él. Así, parado frente a mi era imponente. Me sentí chiquita e indefensa.

--¿Que esperas de mi?

--Espero que te portes bien, que hagas todo lo que te indique sin chistar. No importa si tenés o no ganas de hacerlo, lo tendrás que hacer igual y de buena gana. Al principio te va a resultar difícil, lo sé, pero te voy a ayudar a que lo logres. ¿Lo comprendiste?

--¿Pero que me vas a pedir?

--Lo que sea. Ya te vas a ir enterando con el tiempo.

--¿Por que me tenés aquí, me secuestraste, queres dinero?

--¿Comprendiste lo que te dije? –me volvió a preguntar.

--Si, pero necesito saber cuanto tiempo voy a estar aquí, para que me necesitas.

--Si entendiste te voy a dar mi primera indicación. No quiero que me hagas mas preguntas. De ahora en mas tus respuestas serán: si señor o no señor. Tampoco quiero que hables más, sólo responderás cuando te lo indique. ¿Entendiste eso?

Una especie de furia ciega comenzó a invadirme. ¿Que se creía el muy arrogante?. ¿Quien era él para tratarme así?. Yo no pensaba dejarme basurear por ningún idiota que se creyera mi amo, pasase lo que pasase, no me importó.

--Arrogante hijo de puta –le grité en la cara mientras me paraba—me vas a contestar lo que te pregunto. Si no, no voy a hacer nada de lo que me pedís.

Con una sonrisa en los labios me agarró fuertemente de la cintura y sentándose me puso sobre sus rodillas.

--Te dije que te iba a ayudar a cumplir las indicaciones y voy a cumplir mi promesa –me dijo calmo. Abrazó mi espalda para mantenerme sujeta mientras con la otra comenzó a propinarme una dura paliza sobre mis nalgas.

La posición misma en la que me puso me hizo sentir profundamente humillada. Y durante los primeros cachetazos yo peleaba, me retorcía y lo insultaba. Pero el brazo que me sujetaba no me permitía hacer más que movimientos grotescos que aumentaban mi desesperación y vergüenza. Tenía la mano pesada y sus golpes eran fuertes y dolían mucho. Sobre todo cuando me castigaba en algún lugar donde ya lo había hecho. Pronto ceso mi resistencia. Traté de aguantar el dolor todo que pude pero a los pocos minutos perdí el control de mi misma y me puse a llorar.

El paró el castigo. Me levantó de sus rodillas, me sentó en la cama y se volvió a parar enfrente mío. El colchón me ardía allí donde mi piel había sido lastimada. El miedo me impedía moverme.

Lloré un rato largo. Tal vez más de lo que sentía, pero era una manera de ganar tiempo.

--¿Comprendiste lo que te pedí? –me reiteró.

--Sos una bestia –le conteste—me lastimaste.

En dos segundos me encontré otra vez sobre sus rodilla y recibí otra paliza sobre mis ya castigadas nalgas.

--Si, si, comprendí –le dije- por favor no me pegues más.

Sin embargo se tomo su tiempo.

--Voy a hacer lo que me digas –suplicaba-- por favor, por favor.

Por fin me soltó. Esta vez no me puso en la cama, me ordenó arrodillarme en el suelo frente a él. Yo tenía miedo, estaba avergonzada aunque no sabía bien porque y sólo quería acostarme en la cama y dormir. El suelo de cemento comenzaba a lastimar mis rodillas.

--Quiero escuchar de tu boca cual fue mi orden –me dijo.

--A partir de ahora sólo voy a hablar cuando me pregunte algo.

Me agarró suavemente de la barbilla para mirarme a los ojos.

--Cuando te olvides de mi primera orden te voy a ayudar a recordarla. ¿Sabés?

--Si.

--Si ¿qué?

--Si señor

Me dió un beso suave en los labios, me volvió a atar las manos y levantándome en el aire como si fuera una pluma me depositó en la cama de costado mirando la pared.

Unos segundos después sentí el estruendo de la puerta al cerrarse. Me había quedado sola.

Me dormí.