sábado, 1 de marzo de 2008

El hombre desnudo (capítulo 1)

Desperté dolorida. Estaba en una habitación desconocida. En el techo titilaba la fría luz de un tubo fluorescente. En una pared una puerta de hierro maciza enmarcada en remaches. En una esquina una letrina.

Traté de levantarme y no pude. Mis manos estaban aseguradas a mi espalda por las muñecas. Estaba desnuda. Contorsionándome y haciendo un gran esfuerzo conseguí sentarme. Mis pies descalzos se apoyaron sobre el piso de cemento. Mi cama consistía en un delgado colchón sobre una base de cemento elevada del piso y asegurado por sus extremos con dos gruesas cadenas a la pared.

Sentí nauseas. Me pare y tratando de sobreponerme al mareo y la debilidad me acerque a la letrina. Allí, de rodillas, vomité. No había agua para lavarme la boca aunque de poco me hubiera servido con las manos a mi espalda. Volví a mi cama y me acosté.

Cuando me volvía a despertar vi que junto a la puerta había un cuenco con agua y otro con comida. No había ni tenedores, ni cuchillo, ni vaso y mis manos seguían atadas. No me levanté. Estaba demasiado cansada y todavía me sentía mareada. Otra vez me quede dormida.

El ruido de la puerta al abrirse me saco de mi sopor. Cuando abrí los ojos la puerta ya se había cerrado y adentro había parado un hombre. También el estaba desnudo. Era alto, ancho de espaldas y su pecho de pectorales fuertes. Sus cejas eran tupidas y sus ojos profundos me observaban. Su vientre era chato, sus piernas musculosas y sus pies huesudos.

Lentamente se acercó a mi. Me replegué con miedo. Su desnudez me intimidaba.

--¿Donde estoy? –le pregunté-- ¿Como llegué aquí?

No me contestó. Con firmeza me dio vuelta en el camastro poniéndome boca abajo y me desató las manos. Me senté en la cama.

--Por favor –le reiteré-- ¿Qué hago aquí, quién sos?

--¿Como te llamas? –me repreguntó.

Me quede muda. No recordaba mi nombre. Tampoco recordaba quién era. Toda mi vida anterior había desaparecido como por encanto.

--No recuerdo mi nombre –contesté bajando los ojos.

Me pareció ver en el hombre una leve sonrisa.

--No te preocupes, ya no tiene importancia. Desde ahora un nombre u otro va a ser lo mismo. Lo que si es importante es que comprendas lo que yo quiero de vos. ¿Podés entendér eso?

No supe que contestar. Trataba desesperadamente de recordar algo de mi vida. A lo mejor tenía familia y me estaban buscando preocupados. Tal vez estaba casada, podría ser que tuviera hijos.

--No recuerdo quien soy.

--No me preguntaste que espero de vos –dijo como si no me hubiera oído.

Levanté mis ojos hacia él. Así, parado frente a mi era imponente. Me sentí chiquita e indefensa.

--¿Que esperas de mi?

--Espero que te portes bien, que hagas todo lo que te indique sin chistar. No importa si tenés o no ganas de hacerlo, lo tendrás que hacer igual y de buena gana. Al principio te va a resultar difícil, lo sé, pero te voy a ayudar a que lo logres. ¿Lo comprendiste?

--¿Pero que me vas a pedir?

--Lo que sea. Ya te vas a ir enterando con el tiempo.

--¿Por que me tenés aquí, me secuestraste, queres dinero?

--¿Comprendiste lo que te dije? –me volvió a preguntar.

--Si, pero necesito saber cuanto tiempo voy a estar aquí, para que me necesitas.

--Si entendiste te voy a dar mi primera indicación. No quiero que me hagas mas preguntas. De ahora en mas tus respuestas serán: si señor o no señor. Tampoco quiero que hables más, sólo responderás cuando te lo indique. ¿Entendiste eso?

Una especie de furia ciega comenzó a invadirme. ¿Que se creía el muy arrogante?. ¿Quien era él para tratarme así?. Yo no pensaba dejarme basurear por ningún idiota que se creyera mi amo, pasase lo que pasase, no me importó.

--Arrogante hijo de puta –le grité en la cara mientras me paraba—me vas a contestar lo que te pregunto. Si no, no voy a hacer nada de lo que me pedís.

Con una sonrisa en los labios me agarró fuertemente de la cintura y sentándose me puso sobre sus rodillas.

--Te dije que te iba a ayudar a cumplir las indicaciones y voy a cumplir mi promesa –me dijo calmo. Abrazó mi espalda para mantenerme sujeta mientras con la otra comenzó a propinarme una dura paliza sobre mis nalgas.

La posición misma en la que me puso me hizo sentir profundamente humillada. Y durante los primeros cachetazos yo peleaba, me retorcía y lo insultaba. Pero el brazo que me sujetaba no me permitía hacer más que movimientos grotescos que aumentaban mi desesperación y vergüenza. Tenía la mano pesada y sus golpes eran fuertes y dolían mucho. Sobre todo cuando me castigaba en algún lugar donde ya lo había hecho. Pronto ceso mi resistencia. Traté de aguantar el dolor todo que pude pero a los pocos minutos perdí el control de mi misma y me puse a llorar.

El paró el castigo. Me levantó de sus rodillas, me sentó en la cama y se volvió a parar enfrente mío. El colchón me ardía allí donde mi piel había sido lastimada. El miedo me impedía moverme.

Lloré un rato largo. Tal vez más de lo que sentía, pero era una manera de ganar tiempo.

--¿Comprendiste lo que te pedí? –me reiteró.

--Sos una bestia –le conteste—me lastimaste.

En dos segundos me encontré otra vez sobre sus rodilla y recibí otra paliza sobre mis ya castigadas nalgas.

--Si, si, comprendí –le dije- por favor no me pegues más.

Sin embargo se tomo su tiempo.

--Voy a hacer lo que me digas –suplicaba-- por favor, por favor.

Por fin me soltó. Esta vez no me puso en la cama, me ordenó arrodillarme en el suelo frente a él. Yo tenía miedo, estaba avergonzada aunque no sabía bien porque y sólo quería acostarme en la cama y dormir. El suelo de cemento comenzaba a lastimar mis rodillas.

--Quiero escuchar de tu boca cual fue mi orden –me dijo.

--A partir de ahora sólo voy a hablar cuando me pregunte algo.

Me agarró suavemente de la barbilla para mirarme a los ojos.

--Cuando te olvides de mi primera orden te voy a ayudar a recordarla. ¿Sabés?

--Si.

--Si ¿qué?

--Si señor

Me dió un beso suave en los labios, me volvió a atar las manos y levantándome en el aire como si fuera una pluma me depositó en la cama de costado mirando la pared.

Unos segundos después sentí el estruendo de la puerta al cerrarse. Me había quedado sola.

Me dormí.

No hay comentarios: